
Una turbia cabellera se acribilla una caricia, algo así como un corte barato. Sus grandes pasos delgados como patas de pájaro pronunciaron la fractura, dejando huellas rosas en la alfombra del cuarto. Acribillo el cariño, sus tabacos cojos, los vinos rotos, las flores en vela, y de aquellos besos paganos. Se pregunta entonces de ese amor, del colibrí que picaba su luna-r, del in-ocente…
Mis soliloquios que enmudecen a mayo, mis disparates al tirar los papeles que saben a amores agrietados, los cuentos de bus en ciudad fría y los besos que no nos dimos con la chica que no mira. Y esta cuchilla que se mece arriba de tu blusa, deja al descubierto los besos que hacen falta. La cadencia de que caigan atardeceres en tu espalda, luciérnagas en mis labios, y tristezas, por dios, tristezas que se inclinan como lanzas caídas de arriba, arriba donde solo miro la rajadura de esta espera. Y este piano, mujer… que toca al fondo, donde los músicos roncan y las melodías lloran, se encuentra temblando el violín abrazado de las cartas que el sereno ha mojado. Las noches que paso a solas, a solas con mi sorbo moribundo en el café observando la entrada y salida que sigue siendo la misma y no la entiendo. Las pasiones que se pierden, y las pocas veces que he sentido salir de mi, una la lograste, las otras las compuse, una en un sueño, y la otra, la otra nunca la espere.
En si, que puedo decir interés, cuando mi nostalgia se queda en otoño, vuelve y se esconde en verano; que me dices interés, si hacemos un trato, que esto sea asunto de un interés nunca antes dado, porque no se detener el ultimo momento, ser poético, y acuchillarme frente a tus ojos, eso no lo se hacer…